Un día en mi tierra San Basilio de Palenque

Palenque

Un día en mi tierra San Basilio de Palenque

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Un día en mi tierra San Basilio de Palenque es conectarme con mis raíces Afro, con aquel territorio de la Costa Norte de Colombia que desde el Siglo XV se encontró poblado por cimarrones, por nuestros ancestros que fueron esclavos pero que lucharon por su libertad. Estar en Palenque es pensar en la resistencia de mi raza, es contagiarme de la alegría de mi pueblo, es vivir en nuestra danza, es sentirnos libres. Como mujer joven me caracterizo por reflejar nuevas expresiones de ser afro, pero es ese concebir y sentirme parte de mi comunidad Palenquera lo que me permite transmitir mi cultura y tradiciones en cada uno de mis días.

Mis abuelos me contaron que sus abuelos le contaron, que a pesar de no ser el único Palenque que existía, sí es el único que ha sobrevivido hasta hoy, convirtiéndose mi San Basilio en una riqueza cultural africana en el territorio del Caribe Colombiano. La lucha por mantener nuestro legado lo encontramos en nuestras historias, leyendas y cuentos, siendo la oralidad una herramienta de resistencia y de afirmación de nuestra identidad cultural. Por medio de la tradición oral mantenemos nuestra filosofía de vida africana. Nuestra lengua es la única criolla de las Américas que mantiene viva una combinación léxica española con características de lenguas autóctonas del continente africano, las lenguas bantúes (MinCultura, 2002).

En Palenque nuestros ancianos son los encargados de transmitir toda su sabiduría al resto de nuestra comunidad, cobrando su palabra gran valor para el mantenimiento de nuestra identidad musical, gastronómica, tradiciones relacionadas con la muerte, la medicina tradicional, la salud y las enfermedades; las fiestas; entre otras costumbres palenqueras.

Desde pequeña me contaron acerca de “las horas malas”, las doce del mediodía y las seis de la tarde. Durante estas se dice que se acercan las malas animas, los duendes y las brujas, y se cuenta que se llevan a los nonatos que se encuentran solos en su habitación y a los niños que se encuentren en el arroyo (MinCultura, 2009). De hecho, hay una historia famosa y respetada en nuestro pueblo: es la historia de Catalina Luango, quien en una mañana soleada en San Basilio de Palenque salió a jugar con sus amigas como de costumbre al arroyo. Pero ese día no fue un día cualquiera, ni para ella ni para su familia, como tampoco para todo el pueblo de Palenque. Esa mañana Catalina Luango estando en el arroyo vio un pez dorado gigante, y al quedar encantada por su hermoso y danzante movimiento, fue a buscar rápidamente su canasto de fique para intentar atraparlo. Con aquella extraña aparición, sus amigas se fueron dejándola sola en el arroyo. El pez coqueteaba y jugaba con Catalina, pero ella no lograba capturarlo. Al cabo de largas horas intentando atraparlo en vano, las personas empezaron a preguntar por Catalina, quien se había quedado sola en el arroyo; un tumulto fue a buscarla por todos lados, pero luego de una extenuante búsqueda, nada que aparecía. Catalina había desaparecido, dicen, se había enamorado de ese pez dorado. Pasados largos años nadie volvió a saber ni a escuchar de ella, hasta que un día, el día de la muerte de su madre, afuera de la iglesia, se escuchó su llanto, su lamento y su canto. Muchos intentaron hablarle, pero la joven sin decir más que esa melodía huyó y desapareció nuevamente dentro del arroyo. Desde entonces, en San Basilio de Palenque, los abuelos de mis abuelos y el resto de mi pueblo cuentan, con acento grave y solemne, que cada vez que muere alguien en la puerta de la iglesia se escucha el llanto de Catalina Luango, quien llora a la gente que se marcha a ese otro mundo.

En Palenque la vida y la muerte son pilares fundamentales en nuestras prácticas culturales, cargadas de gran valor espiritual, como las prácticas del velorio y el lumbalú. Maria Lucrecia es la representación de la muerte en nuestra tierra de Palenque, y es quien separa la sombra, o el ánima del cuerpo de nuestros difuntos, tomando cada uno, caminos distintos. La sombra se va para el más allá y el cuerpo para el casariambe, el cementerio. Dentro de nuestros rituales fúnebres más importante en Palenque se encuentra el Lumbalú, un momento en donde los familiares y allegados ayudamos al difunto hacia su trance a la muerte durante nueve días y nueve noches, predominando en éste cantos de melancolía y dolor, expresados en nuestra música, en nuestros tambores (MinCultura, 2009).

La magia que transmite la música de Palenque se encuentra presente en nuestro diario vivir, en los nacimientos, en los matrimonios, al trabajar y hasta en los velorios. Pensar en Palenque es sentir el bullerengue sentado, el son palenquero, es escuchar en nuestros oídos el son de negro, la chasulonga y bailar champeta criolla. Entre nuestros representantes más conocidos está el Sexteto Tabalá y las Alegres Ambulancias (MinCultura, 2002).

Para finalizar, me gustaría hablarles de nuestra bebida ñeque, un trago artesanal a base de panela, así como de nuestras deliciosas cocadas, el bollo de yuca, el de mazorca y el de angelito; en los caballitos, en el mongo-mongo y en nuestra alegría hecha dulce. Palenque es compartir estas delicias entre nuestros vecinos y amigos, y es cargar con orgullo en nuestra cabeza una gran ponchera llena de estas delicias mientras representamos nuestra tierra Palenquera.